Engañar al tiempo

turquesa arbol

La idea del tiempo como ser vivo, incluso como elemento modificable es susceptible de dotarle de atributos humanos. Tanto es así que tratamos al tiempo de tonto, absurdo, inútil.

De todas las maneras que se trata al tiempo hay una que me fascina: engañarle.

Todo tiempo vivido depende de nuestra emoción, el recuerdo es la memoria unida al sentimiento, entonces ¿cómo engaño al tiempo sin engañarme a mi? Ese tiempo vive en mi y yo viví en él hasta que lo convertí en recuerdo.

Imagino un mueble de madera, lleno de cajones, como el que tengo en casa. En cada cajón guardo un recuerdo, no existe un orden, no hay índice alfabético. En uno tengo flores aromáticas, en otro velas, en otro objetos que por alguna razón significaron algo en un momento, ahora todos han adquirido el olor dominante, si hay un objeto de metal, quizá ese aroma óxido impregna cada pieza y cuando abro alguno de esos cajones me transporta al momento preciso y quizá con la persona que estuve.

Ese mueble de cajones del recuerdo está en la entrada de mi casa…o la salida y el mueble interior que llevo conmigo también está a flor de piel. A lo largo del día se acumulan, de manera desordenada, un tropel de imágenes, olores, contactos, miradas. Todavía no están ordenados, primero flotan alrededor de un momento y cuando llega el tiempo, se encarga de clasificarlos.

Aquel momento entre tú y yo, no está, porque aquel momento no lo he guardado, flota por ahí, ese, ese ha sido uno de los momentos con los que engañé al tiempo.

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