La imperfección

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La imperfección

Los últimos avances tecnológicos consiguen máquinas casi perfectas. La carrera por la perfección es una constante en cualquier disciplina, tanto artística como científica.
En las personas ocurre con frecuencia que tendemos también a ensalzar aquellas cualidades que rozan la perfección. El elocuente orador, el futbolista prodigioso, el escritor que embelesa con sus escritos. Viene a ser un objetivo, la perfección y sin embargo lo que más abunda es lo contrario, la imperfección. A mi me gusta mucho más la imperfección que la perfección. Le veo el atractivo de la proximidad, yo soy tremendamente imperfecto, hablo técnicamente mal, escribo regular, pinto medio bien y en el amor… ahí radica mi mayor imperfección, no tendría suficiente espacio aquí para describirlo.
Una sutil imperfección en una persona la hace tremendamente entrañable. Ver a alguien que cierra un poquito un ojo cuando habla o que no recuerda bien los nombres por su despiste… la lista es larga, todos tenemos amigos que tienen esas “cualidades propias” que los hacen únicos. Aquí se plantea la cuestión, si fuésemos perfectos ¿en qué nos diferenciaríamos entre nosotros? En nada, la perfección iguala, en cambio la imperfección te hace único. Pocas imperfecciones son comunes, la mayoría se han consolidado en las personas a lo largo de su vida y han alcanzado cotas de auténtica personalidad.
Los giros al hablar, la manía de tocarse el pelo, ese pequeño tic, esas cosas nos unen más que nos separan, nos hacen más nuestros a los nuestros, sus imperfecciones son nuestras también, las hemos adoptado porque les hace vulnerables y nosotros protegemos a los que amamos, hasta tal punto que les vemos como parte nuestra, al repetir el tic o su peculiar forma de hablar entramos en una zona de confort familiar, da la sensación que nos lo haga solo para nosotros.
El concepto de vulnerabilidad es importante ya que humaniza lo imperfecto frente a la frialdad de lo perfecto.
Creo sinceramente que nacemos de una manera y nos consolidamos a lo largo del tiempo, en algunos aspectos alcanzamos cotas de perfección maravillosas, no en otras, el conjunto es nuestra personalidad, nuestra forma de ser y precisamente de eso las personas de nuestro alrededor es de lo que se enamoran o no.
Sólo el amor logra hacer ver una imperfección como una característica en lugar de un defecto porque el amor ve lo singular a pesar de ser plural.

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JUzGAR

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JUzGAR

Hacer un papel imaginado que no corresponde a la realidad es un juego. Los niños usan con frecuencia la representación de otros personajes, se ponen en la piel del personaje y actúan como tal, creyéndoselo y disfrutando del momento, ahora bien, cuando acaba el juego vuelven a ser ellos mismos y lo que han dicho o hecho como personaje se quedó allí. Es lo fantástico de JUGAR. Los adultos también practicamos ese juego, nos ponemos en la piel de otro, emitimos opiniones sobre lo que piensa, como actúa e incluso decidimos si lo que hace está bien o no, es una forma de JUGAR a ser algo más que ese personaje, más que nosotros mismos, elevarnos por encima de todo y decidir lo que está bien o mal, lo que hacemos es JUzGAR. Por un momento nos apoderamos del derecho del otro, de la dignidad del otro y a través de nuestra experiencia y consideración decidimos que sus acciones no son correctas, como si nuestro criterio fuese una verdad absoluta, carente de toda humildad y respeto.
Al juzgar, desnudamos todo atisbo de pudor hacia la persona juzgada. Ni conocemos sus motivos, ni sentimientos, ni vivimos en su tiempo emocional. Juzgar nos sirve para serenar nuestra mala conciencia por no saber más sobre algo que no nos incumbe realmente. Ese ansia de poner nuestra opinión sobre determinada acción de otro es una falta de humildad, amor y sobretodo ego desbordado que hace que nosotros tengamos el derecho a no equivocarnos, en algo que desconocemos, al menos en su totalidad.
Cada persona vive sus sentimientos de manera diferente según su estado de ánimo, circunstancias, relaciones, tiempo, etc… Su forma de entender la vida es únicamente de su incumbencia, no hay nadie que la pueda juzgar sin riesgo a cometer errores.
Al no juzgar a los demás, abro mi corazón y mi percepción de la realidad ajena, No juzgo porque no debo y también porque no quiero, todos llevamos cargas ocultas que modifican nuestro camino y hacen que lo obvio se convierta en complejo.
Ante la acción de JUzGAR propongo JUGAR a ser niño, disfrutar del momento con mi personaje de príncipe o princesa, matar dragones o cuidarlos y vivir la vida desde el respeto. Empezando por mi mismo.

iLUZión

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iLUZión

A veces la situación es difícil o simplemente tediosa. Cuando la vida consiste en una sucesión de actos repetitivos, levantarse, ir a trabajar, comprar comida, cocinar, ir a estudiar, volver, ducharse, leer, ver una película, acostarse, levantarse… y así un día tras otro, podemos creer que vivir es una mera rutina. Y de repente hay un brillo inesperado, aparece una luz que ilumina, una luz que deja ver otro camino nuevo, diferente, con color. Esa luz de la ilusión te atrae irresistiblemente porque tu vida es gris hasta ese momento, es la iLUZión.
No es necesario que sea grande ni muy brillante, cuanto más gris y oscura sea nuestra existencia, menor intensidad de brillo necesitamos en esa luz, esa es la grandeza de la ilusión, da igual su tamaño porque a todos llena de una manera u otra.
La ilusión hace que te levantes con alegría, que los días pasen volando que te cambie la cara que parezca que todo es diferente cuando nada ha cambiado realmente, excepto tú. Ese es el poder de la ilusión que te toca y te cambia.
Su duración varía dependiendo de tu propias aspiraciones, cuanto mayor sea tu deseo, mayor será tu ilusión.
En el otro lado está el desánimo que crece inversamente a la ilusión, no es lo mismo que la desilusión, que ocurre cuando las expectativas rozaban lo imposible o las variables eran tantas que las posibilidades de éxito eran bastante bajas. El desánimo también crece con el tiempo y sobretodo con la edad, a más viejo, más desánimo porque hay menos cosas ilusionantes. Los niños tienen la ilusión a flor de piel, miles de estímulos cada hora, cada momento.
La ilusión tiene otra virtud, se propaga, una persona ilusionante es capaz de contagiar al resto, al igual que una persona desanimadora nos puede hundir al equipo.
Hay que conseguir dar con la ilusión, quizá hace mucho que no la hemos visto, puede que esté al lado nuestro, tan cerca que no la podamos ver.